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Viernes 27 de Diciembre

                    Fin de semana: Viernes 27 a Domingo 29 de Diciembre de 2013
Holaaa samigooosss !!! 
Esta semana llegamos, con la última edición del año, con un artículo sobre los efectos del humor, y algunos chistes y textos alegóricos a estas fiestas de fin de año. Entre ellos, un texto de Enrique Pinti que, si bien tiene algunos años, casi no pierde actualidad. Esperamos que los disfruten, a pesar de tener menos material que el habitual, y les deseamos a todos un buen fin de semana y un ¡Feliz año Nuevo!
                                                        Esteban Nicolini

  • El humor es algo serio...

Efectos del humor sobre la salud física y mental.
“Muchas veces ayudó una broma donde la seriedad solía oponer resistencia.” (Platón, filósofo griego).
Ya desde tiempos remotos, grandes pensadores reconocieron los efectos positivos del buen humor para todo aquel que lo emplee como forma de afrontar las situaciones que la vida plantea.
En los últimos años, dentro de las ciencias de la salud en general, se le está abriendo un espacio cada vez más amplio al tema del humor.
Son muchas las investigaciones que se están realizando para evaluar los efectos del humor positivo sobre la salud física y emocional de las personas, aunque todavía es muy pronto para hacer conclusiones determinantes, algunos estudios han apoyado la hipótesis de un efecto terapéutico de la risa y el buen humor.
En cuanto a los beneficios de unas buenas carcajadas sobre la salud física, se pueden destacar:
- Produce relajación muscular.
- Reduce la producción de las hormonas asociadas al  estrés.
- Mejora el funcionamiento del sistema inmunológico.
- Contribuye a reducir las sensaciones de dolor.
- Contribuye positivamente al ritmo cardíaco, ya que funciona como un “ejercicio interno”, beneficiando a su vez la presión arterial.
- Al reírnos también estamos oxigenando nuestro cuerpo, ya que incorporamos más aire al los pulmones, como en una respiración profunda.
A nivel psicológico también se han demostrado algunos efectos positivos del buen humor y de la risa.
En primer lugar, produce una sensación muy placentera de liberación de tensiones cognitivas y emocionales.
Al mantener una actitud positiva, se pueden gestionar mejor las situaciones de la vida diaria que pueden generar estrés.
También, puede ayudar a prevenir síntomas de depresión, ya que fomenta un estado de ánimo alegre y evita el aburrimiento.
Contribuye a la cohesión de grupo, reforzando los lazos sociales, el sentido de pertenencia y la identidad de las personas que pertenecen a un grupo.
Las personas alegres, que se ríen y hacen reír a otros, son más aceptadas socialmente, lo que mejora su sentido de seguridad y estima personal.
El sentido del humor contribuye a potenciar la creatividad y también mejora la comunicación.
En el ámbito laboral puede ayudar a la motivación del los empleados y con ello mejorar la productividad.
Todos estos beneficios sólo se producen si el humor que se utiliza es positivo (contrario al sarcasmo y otras formas de humor más agresivas u ofensivas) y adecuado a la situación.
El sentido del humor es una capacidad que todas las personas poseen, no se trata de “un don divino” que solo unos pocos afortunados tienen.
Por ello, y viendo los beneficios del humor, es importante empezar a utilizar, potenciar y cultivar esta fabulosa herramienta que tenemos.
El primer paso es probar con reírse un poco de uno mismo e intentar convertir algunas situaciones de nuestra vida en anécdotas graciosas que podamos compartir con otros.
Otra forma de potenciar el buen humor, es definir qué cosas son las que le hacen reír más o estimulan su lado cómico (libros, series de televisión, películas, humoristas, viñetas, etc.) y empezar a coleccionarlas y usarlas para provocar la risa tanto en Ud. mismo como en otras personas.
No es necesario forzarse a ser gracioso, poco a poco esta cualidad podrá ir surgiendo de manera espontánea. 
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  • Ausencia por las fiestas...

A partir de hoy estaremos ausentes, tomando un descanso, para regresar con ustedes el 7 de enero del 2014...
Atentamente:
La lechuga, pan integral, granola, queso light, yogurth, barritas de cereal, pechuga de pollo, coca light y agua purificada.
En nuestra ausencia, les atenderán:
Los lechones, el pavo, el asado, los chocolates, el champagne, los budines, turrones almendrados, y la Rosca de Reyes.
¡Sin culpas!
(Gracias Adrián !!!)

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  • Variaditos...

1.
Una viejita estaba caminando por la calle arrastrando dos grandes bolsas plásticas de basura, una en cada mano.
Una de las bolsas tenía un hueco y de vez en cuando un billete de $100 salía de la bolsa y caía en la calle.
Viendo esto, un policía la para y le dice:
-"Señora, hay billetes de $100 saliéndose de esa bolsa."
-"Gracias por avisarme", - dice la viejita, -"Tengo que volver para recoger los billetes, gracias por avisarme."
-"Un momentito...", - dice el policía, "¡No tan rápido! ¿De dónde sacó usted todo ese dinero?, ¿Se lo robó?"
-"Oh no...", - dice la viejita, -"el terreno de atrás de mi casa da para el estacionamiento del un estadio de fútbol y cada vez que hay un juego y los fans quieren hacer pipí antes de entrar o salir del estadio ellos se paran enfrente de los arbustos que dan para mi casa y hacen pipí en mis flores que acabo de sembrar... Entonces, yo me paro detrás de los arbustos con unas tijeras bien grandes y cada vez que alguien pone su pito en los arbustos para hacer pipí yo le digo: ¡Déme $100 o se lo corto!"
Dice el policía:
-"Oiga, ¡no es mala la idea! Ok, Buena suerte. Y dígame... ¿que hay en la otra bolsa?"
-"Bueno", - dice la viejita, -"¡No todos pagan!"
2.
El ladrón, pistola en mano, entra en un banco:
-"¡A ver, todo el dinero, rápido!"
Nada más recibirlo del cajero, el ladrón se da la vuelta y pregunta al cliente más cercano:
-"Oye, tú, ¿tú has visto algo, me acabas de ver robar?"
Aquel hombre, nervioso, le contesta:
-"Claro, claro que le he visto..."
Va el tipo y le pega ocho tiros en la cabeza.
De inmediato, se dirige a dos mujeres y un hombre que tenía enfrente y le dice al hombre:
-"Y tú, ¿tú me has visto robar en este banco?"
Y el hombre contesta:
-"No, yo no he visto nada, pero mi mujer y mi suegra no se han perdido detalle..." 
3.
Se encuentran dos niños:
-"Pedrito, ¿Qué te ha traído Papa Noel esta Navidad?"
-"Me ha traído una bicicleta, un play station y una moto de agua, ¿y a ti, Juancito?"
-"Pero... a mi me ha traído un juego de naipes... ¿Cómo puede ser?"
-"No lo sé, pero si quieres podemos preguntarle a mi madre, que está en su cuarto."
Los niños se dirigen a la habitación y cuando entran, ven a la madre de Pedrito practicándole sexo oral a un hombre.
-"Pero, mamá...", - dice Pedrito, -"¿Quién es ese hombre?"
-"Bueno... dejame ver... él es... Papá Noel.", - dice la madre, para salir del paso.
Entonces Juancito dice:
-"¡Ahora entiendo... en casa mi madre solo deja pasto para los renos!"
4.
Una niña sale a pasear con su tía, que trabaja de prostituta:
-"Tía, que abrigo más bonito tenés, ¿Cómo lo conseguiste?"
-"Eh... mira, me porté bien un rato con un hombre mayor y él me lo regaló."
-"Pero tía, que hermoso collar, ¿Cómo lo conseguiste?"
-"Bueno... me porté bien un rato con otro hombre y él me lo regaló."
-"Pero tía, que pedazo de coche que tenés ¿Cómo lo conseguiste?"
-"Este... bueno, me porté bien otro rato con otro señor y él me lo regaló."
Entonces la niña dice:
-"¡La puta madre! ¡Yo portándome bien todo el año, y el hijo de puta de Papá Noel me quiere arreglar con una Barbie de mierda!"
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  • ¿Todos mienten y yo también?... (Por Luis Buero)

¿ Las mujeres son más mentirosas que los hombres?
Mi amiga Peto responde:
-"Imagina una mujer sin nada de malicia, sin un poco de picardía, sin el más mínimo cinismo... ¡pobre mina, se estaría auto-inmolando en este mundo regido por los hombres!"
Tal vez esta sea una de las explicaciones de la mentira femenina: las presiones culturales y sociales que la obligan a mostrar una fachada, cuidándose permanentemente del qué dirán.
En realidad, algunas mujeres más que mentir, lo que hacen es ocultar sus deseos, recortar la información de lo que les sucede, o recrear su pasado protegiéndose ante la mirada de ese varón que en definitiva la ha buscado para retenerla como una prueba de su virilidad.
El hombre en cambio versea para llevar una mujer a la cama, o para escaparse de un compromiso por falta de agallas.
Digamos que en la vida diaria nos encontramos entonces con cinco tipos de mentiras:
A) las piadosas, ya defendidas desde antaño por el propio Platón.
B) las sexuales o sentimentales, que tienen que ver con el género y el contexto.
C) las manipuladoras de la voluntad del otro, que pertenecen al ámbito de la política y de los negocios.
D) la mentira que revela una nada leve disminución de la salud mental de las personas, por lo cual no están tergiversando la verdad, sino que creen firmemente en la novela que escriben para relatarnos sus vínculos amorosos.
E) Y por último hay una mentira que sin ironía definiría como un problema de tipo semántico, y ocurre porque muchas personas estrenan una interpretación individual de los valores en función de sus necesidades momentáneas.
Cuando una mujer nos afirma: “estoy en un momento de gran soledad” y después la vemos del brazo de un tipo por la calle a puro beso, o nos asegura que para ella la amistad es un sentimiento asexuado y luego le preguntamos quién era ese hombre con el que la vimos salir de un albergue transitorio y nos contesta “un amigo”, no nos está mintiendo, sino que su confuso canto de sirena nos enloquece porque el abismo de significante-significado que tienen hoy las palabras para muchas personas, les provocarían urticaria a Lacan y a Saussure.
Lo mismo ocurre cuando un hombre declara “te amo” y a las pocas horas se va a comprar cigarrillos y no vuelve más.
¿Cómo defendernos de esta locura cotidiana que buscamos definir como mentira?
En un episodio de la vieja serie Kung Fu, el monje ciego le pide a dos estudiantes que lleven un plato ceremonial de oro a otro templo.
En el viaje por el bosque son engañados por un ladronzuelo vestido de mandarín que se los roba.
Al regresar el maestro le pregunta qué lección habían aprendido con ese hecho.
Uno de los niños dice: -"comprendí que no debo confiar en nadie."
Y el pequeño saltamontes en cambio afirma: -"entendí que hay que aprender a esperar lo inesperado."
Para el maestro ésta fue la respuesta correcta.
¿Vos qué pensás?
  • ¿Qué vas a hacer en año nuevo?... (Por María Brandán Aráoz)

-"¿Qué vas a hacer en año nuevo?"
Me preguntó una amiga el otro día.
-"No lo sé", le contesté pensativa.
Y seguí pensativa camino a casa.
Quizá debería aclarar que no disfruto las fiestas.
Dejé de disfrutarlo a los siete años cuando mis padres se separaron y, en tanto tiempo, no debo de haber superado el trauma.
Tuve mi época amarga también en la adolescencia.
Para las fiestas, todo se complicaba; con tanta familia que atender, una terminaba agotada.
Había que comer en casa con mamá y su marido, preferentemente rápido para llegar temprano a lo de papá y su mujer.
Brindar con ellos a las apuradas porque mi novio esperaba abajo para ir a cumplir con los futuros suegros.
Saludarlos pegados a la puerta, porque venían a buscarnos unos amigos.
Y antes de ir al lugar definitivo, pasar por dos o tres casas más, buscando novias, hermanas o amigos con parejas incluidas.
Rebotar en varios lugares bailables porque no teníamos mesa reservada, y transpirar en el peor de todos, y en medio del gentío, porque eso era ¿divertido?
Me casé y las cosas no mejoraron: empeoraron.
Los primeros dos años, como todavía no teníamos hijos, la elección se volvió más complicada.
Mamá se ofendía si decidíamos pasar la fiesta con papá; papá se ofendía si íbamos a lo de mamá; mamá y papá se ofendían si elegíamos pasarla con mis suegros.
Y viceversa: padres y suegros se sentían agraviados si optábamos por escurrirnos y celebrar el año nuevo en algún lugar de veraneo.
Al fin optábamos por repartirnos un poco en cada lado.
Una vez las doce nos sorprendió en un ascensor.
Lo peor eran los malentendidos.
Una noche llegamos a lo de papá poco antes de las doce, contentísimos del promedio alcanzado.
Nos recibió lívido; en la mesa, profusión de fiambres, pavos, lechones y ensaladas se entibiaban.
Él había entendido que iríamos a comer.
Para no desairarlo, comimos de nuevo.
Entre el atracón y los nervios, terminé con una feroz descompostura.
Al año siguiente decidí componer las cosas.
Caímos a las nueve en punto.
Nadie abrió.
Papá se había ido a comer afuera.
Llegaron los hijos.
Probé de pasarlas en casa.
La primera vez invité a todo el mundo: padres, hermanos, familia política...
Cada uno llegó a horarios distintos.
Nunca terminaba de servir comida, postres, de abrir botellas...
Por supuesto todos me ayudaron, así que festejamos las doce en la cocina.
La beba se despertó a las doce y cinco, me recluí con ella en el cuarto y me quedé dormida.
Con marido e hijas, probé pasarlas en lo de mis suegros, en Zárate.
Esa noche, a mi marido (que tiene cantidades de tíos, tías y primos) no le vi el pelo.
Además, mi hija mayor, en pleno control de esfínteres, me tuvo presa en el baño de doce menos cuarto a una.
Cuando salí, harta de esperar el milagro, ella se hizo pis en la alfombra.
Como verán, antes y después he probado pasar dicha fiesta con todos.
Por eso este año decidí negar el asunto.
Mi amiga, con su pregunta, rescató el evento del inconsciente.
Una solución salomónica seria celebrar el año nuevo en mi casa.
El que quiera que venga, que traiga algo de comida, platos y cubiertos descartables, y que se sirva.
¡Y nada de pálidas por favor!
Ese día ni pienso recordar enfermos ni muertos; salvo con sus buenas ondas, tal como fueron en vida; ni pienso compadecerme porque mis padres se separaron en malos términos; porque no salí tan linda como mi hermana; porque ya soy una señora madura o porque el regalo de mi marido no fue lo que yo esperaba.
Ni pienso amargarme.
Tampoco me voy a divertir si no tengo ganas.
Y si no hay plata haré regalos baratos o simbólicos: una linda carta, postales recordatorias, y obsequios útiles tales como peines, gomitas para el pelo o medias.
De pronto me asalta otra idea: ¿y si nos liberáramos de diversiones forzadas y pasáramos el año nuevo como un día cualquiera?
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  • Año nuevo, problemas viejos... (Por Enrique Pinti)

Como quien no quiere la cosa ya han pasado seis años desde aquel alborozado fin del siglo veinte.
Seis años que parecen muchos más, si evaluamos el cúmulo de sucesos históricos ocurridos en ese lapso.
Recuerdo aquel fin de año de 1999, aquel vértigo de entrar en nuevo año y nuevo siglo, aquel sentimiento inefable de creerse especial y elegido para inaugurar un milenio.
Los astronómicos precios para alquilar un cuarto en algún hotel de Times Square, en Nueva York, y desde allí contar las doce campanadas, o apostarse en la Puerta del Sol madrileña y comer las doce uvas, o vestirse de blanco en las playas de Río y enfrentar el oleaje encomendándose a los dioses paganos del rito afro...
Como siempre ha ocurrido, el género humano suele poner más expectativa en los inicios de ciclos y ha optado por creer que los números redondos significan fin y principio.
Así, los 40, 50 o 60 son motivo de festejos especiales y jolgorios en gran escala en la vida de cualquier hijo de vecino.
Pero, claro, entrar en un siglo que además es el comienzo de un milenio era como entrar por una puerta de oro en la historia grande.
Y, sí, ha sido grande, demasiado para el gusto de muchos.
Las Torres Gemelas derrumbándose estrepitosamente el 11 de septiembre de 2001 en un día radiante de sol dio por terminada la creencia en la invulnerabilidad de Estados Unidos.
La guerra por la invasión de Irak, con todo lo que implicó o implica en todo sentido; el agravamiento de la crisis de Medio Oriente, con la culminación en el Líbano; el recrudecimiento de la xenofobia y el racismo, y la glorificación de la guerra, de un lado calificada de "santa" y del otro, de "necesaria".
Katrina y Nueva Orleáns arrasada, poniendo en evidencia los pies de barro del gran coloso del Norte.
Nuestro corralito de 2001, consecuencia patética de políticas absurdas e irreales que explotaron perjudicando a débiles y poderosos; cinco presidentes en un día, destapada de ollas sucias y evidencias de problemas inadmisibles y de muy larga data, como la desnutrición, los niveles de pobreza increíbles y la falta de planes serios en educación.
Cambios radicales en el mapa político de América latina, con la frutillita del postre del culebrón mexicano de las elecciones últimas, dislates de Bush, del presidente de Irán, de Chávez, de Fidel, de nuestro pingüino compadrito, de los Fernández con Cristina incluida, de nuestra colorida oposición con impresentables que deberían recordar sus desafortunadas gestiones en variados gobiernos cuyas consecuencias todavía estamos padeciendo, el 11 de marzo en Madrid y su horror con Aznar culpando a ETA (buenas mandarinas, pero en eso, nada que ver), los atentados en Londres, nuestro Cromañón, los secuestros y asesinatos en la Capital y el Gran Buenos Aires, los pedidos de "mano dura", los climas revueltos, las declaraciones intempestivas de Benedicto XVI, normales en la mayoría de los políticos mundiales, pero asombrosamente inadecuadas para un papa, y, en fin.
No puedo continuar.
Sé que olvido muchas cosas, pero ¿saben qué?
Pienso en este fin de año y preparo mis uvas, mi sidra (nada de champagne, que me produce acidez) y mi pan dulce, y mi ruego eterno a Dios para que reparta desde el cielo un poco de paz y de coherencia para recordarnos a los humanos que estos primeros seis años han sido una muestra de estupidez, desgracia y violencia, que no se logrará nada más que destrucción si se sigue este camino, que somos muchísimos más los que queremos vivir en paz, respetando las diferencias sin querer imponer nuestras ideas por la fuerza y que queremos celebrar la vida en armonía sin guerras, sin persecuciones y sin glorificar la tortura, la contaminación, el odio y la injusticia.
Salud y (no sé si decirlo, pero sí, lo digo) ¡feliz Año Nuevo!

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