Fin de semana: Viernes 5 a Domingo 7 de Enero de 2.024
Hooolaaa samigooosss !!!
Esta semana empezamos el año con un artículo que nos introduce en un arte japonés para ser feliz, el “Ukeireru”, humor recopilado desde las redes sociales, chistes breves, cosas de “viejos”, nuevas sutilezas y unos textos humorísticos del más alto nivel. Esperamos que se diviertan con esta primera edición del 2.024, y que pasen una hermosa semana.
Esteban Nicolini
El humor es algo
serio...
Artículos y ensayos sobre el humor y las cosas que nos dan alegría.
«Ukeireru», el arte japonés para ser feliz (Por Valeria Sabater)
¿Qué es para ti ser feliz?
¿Tener un trabajo perfecto, una pareja ideal y una existencia sin un ápice de sufrimiento?
Aspirar a tales metas no solo puede ser infructuoso, sino que eleva la propia frustración.
En su lugar, te sugerimos practicar desde hoy mismo el ukeireru o el sencillo arte japonés de la aceptación.
Te aseguramos que esta enigmática palabra puede cambiar tu vida.
El término procede de la cultura asiática y se popularizó hace poco.
Es un tipo de filosofía y una forma de existencia que promueve el bienestar.
Se trata de una invitación a la calma, se alza, además, como una propuesta para que te aceptes a ti y a lo que te rodea sin resistencias.
Si te cautiva la propuesta, te invitamos a profundizar en ella.
Ukeireru, qué es y por qué te puede ayudar
Al mundo occidental siempre le han apasionado los conceptos filosóficos orientales.
Y si vienen del país del sol naciente, más aún.
Ukeireru significa saber practicar una aceptación holística e integral hacia todo lo que te envuelve.
Eso incluye a los demás, a tu comunidad, la realidad del mundo y, cómo no, a ti mismo.
Pero cuidado, aceptación no es igual a rendición o servilismo.
Este concepto se popularizó hace tres años gracias al psicólogo clínico Scott Haas.
Su libro ¿Por qué ser feliz?: El camino japonés de la aceptación (2020) fue todo un éxito.
Viajero incansable y como profesional que también ejerce en Japón, quiso transmitir al mundo un enfoque enriquecedor capaz de mediar en la salud mental.
A continuación, te detallamos más información.
1. Aceptar, el ejercicio que promueve la calma mental
Una vez que aceptas lo que te rodea tal y como es, tu mente aprende a mirar el mundo con mayor calma.
Sabemos que es fácil decirlo y muy complicado llevarlo a cabo.
Pero ukeireru es una filosofía de vida que vale la pena integrar en tu universo psicológico, para reducir el estrés y el peso de la ansiedad.
De hecho, esta idea ya la enfatizaba el psicólogo Albert Ellis.
Algo que comentaba el célebre especialista cognitivo es que la aceptación psicológica es el mejor ejercicio para el bienestar y la recuperación.
Al respecto, un estudio divulgado en Behavior Analysis in Practice señala que este concepto tiene un fuerte apoyo empírico dentro de la literatura psicológica; es más, son muchas las terapias que lo integran.
2. Respetar a los demás desde el sosiego
Las relaciones interpersonales nunca son fáciles.
Es posible que muchas veces te angusties porque tu pareja no actúa o reacciona como a ti te gustaría.
También, porque tus hijos, amigos o compañeros de trabajo manifiestan, en ocasiones, un carácter complicado.
Este arte japonés propone aceptar a los demás tal y como son, sin desear cambiar nada en ellos.
Es más, esta filosofía es una herramienta de transformación social que invita a relacionarte desde el silencio y no tanto desde el ruido.
Lo que sugiere, en realidad, es aprender a escuchar, a entender a quienes tienes en frente a través del sosiego.
Algo así implica dejar que la calma habite en tu mente para abrirte al otro por completo.
Esto favorece el respeto y la sintonía.
Si te fijas, en cualquier escenario domina el ruido y esas interacciones en las que es más común detectar antes lo que nos distancia y no tanto en lo que nos une.
Apenas se deja espacio a esa serenidad desde la cual atender más que hablar, conectar más que criticar.
3. Situar la mente en el «aquí y ahora» para vivir mejor
Párate por un momento y toma conciencia de tus pensamientos en este mismo instante.
¿Estás pensando en algo del pasado, en alguna experiencia del ayer?
¿O quizá estás situando tu foco en el futuro?
¿Sientes ansiedad por realidades que aún no suceden?
La mente tiene una tendencia innata por ubicarse en el ayer y en lo que está por venir.
Cuando esa dinámica se intensifica aparece el sufrimiento.
Este término filosófico insta a la persona a que sitúe su mirada en el aquí y ahora.
A fin y al cabo, el ayer ya no existe y el mañana aún ocurre.
Lo que de verdad importa habita en el presente.
Como bien se deduce, esta idea aparece en la práctica de la atención plena.
La revista Mindfulness describe los beneficios que existen en la capacidad de saborear el momento y el impacto positivo que tiene para tu bienestar psicológico.
Las emociones se regulan y el estrés se reduce, al igual que la sintomatología depresiva.
Un cerebro más presente da forma a una mente más relajada y feliz.
4. No puedes controlarlo todo… y eso está bien
Hay una fuente innegable de malestar que conoces.
Es frustrante ver cómo, por mucho que te esfuerces y hagas bien las cosas, a veces todo sale mal.
El destino te trae adversidades inesperadas, esas que llaman a tu puerta sin saber por qué.
Entender que no puedes controlar cada cosa que te pasa es un ejercicio de bienestar.
No todo está bajo tu dominio.
La vida tiene siempre un componente caótico imposible de predecir.
Por ello, practicar la aceptación incondicional que promueve el arte del ukeireru te permitirá retirar resistencias y sufrimientos.
Solo cuando asumes la realidad tal y como llega, tu mente es capaz de prepararse para manejarla mejor.
Sin negarla y con valentía.
Tal y como detallan en el Journal of Personality and Social Psychology, la aceptación implica dejar espacio a tus emociones difíciles.
Aceptarlas sin reprimirlas, para comprenderlas, es una pieza más de esta filosofía de la que se desprenden adecuados beneficios para tu salud psicológica.
5. La felicidad no es una búsqueda, es un estado mental
La industria de los libros de autoayuda que te enseñan cómo ser feliz llevan décadas llenando las estanterías de millones de hogares.
Pero no todos los postulados, teorías e ideas que transmiten son útiles.
La felicidad no es una dimensión estable, es un estado mental fugaz que, como una mariposa, se posa en ti y al instante desaparece.
Para el mundo nipón ser feliz significa estar en calma, aceptar lo que uno es y a quien tiene consigo.
Algo así te puede parecer muy elemental, pero en esa idea se inscribe una gran verdad.
A veces, la auténtica realización personal llega cuando se tiene una vida tranquila, asumiendo los días felices y las épocas adversas.
¿Cómo practicar esta forma de filosofía?
Este enfoque de la filosofía tradicional japonesa se integra poco a poco en la cultura occidental.
En realidad, tal corriente no es nueva, porque hay muchas prácticas orientales que sustentan en sus bases estas mismas ideas.
Pero sus beneficios son innegables y vale la pena hacerlos tuyos, usarlos a tu favor.
Enseguida te explicamos cómo:
-Aprecia el valor del silencio en tu día a día.
-Agradece lo que tienes y las personas que te rodean.
-Reduce la autocrítica y valora tu esencia y forma de ser.
-Aprende a mirar el mundo desde la serenidad y el sosiego.
-Acepta a los demás tal y como son, no intentes cambiarlos.
-Toma mayor conciencia de tus emociones y pensamientos.
-Recuerda que la auténtica felicidad reside en una mente en calma.
-Asume que no todo lo que te sucede en la vida está bajo tu control.
-Focaliza tu mente en el aquí y ahora, en lo que ocurre en este instante.
Ukeireru, un ejercicio transformador a tu alcance
Incertidumbres, prisas, estrés, cambios, multitareas, preocupaciones...
Tu realidad tiene a menudo estos sabores incómodos tan difíciles de digerir.
El mundo no es un escenario sencillo, pero es ese plano en el que debes aprender a sobrevivir del mejor modo posible.
Y, aunque te cueste creerlo, hasta se puede ser feliz.
Ukeireru es un marco filosófico y psicológico al que vale la pena asomarse para ganar en bienestar.
Requiere reformular tu enfoque mental y hasta tu estilo de vida.
Pero esos cambios son sutiles y tienen un efecto poderoso.
La aceptación es ese sendero de baldosas amarillas que puede conducir a una vida más plácida y satisfactoria.
Humor
desde las redes sociales…
1.
Estamos en esos días en que no sabés si es jueves, lunes, sábado, feriado, año nuevo o tu cumpleaños...
(Gracias Alejandra !!!)
2.
Los celos son para personas inmaduras, que no saben usar un machete...
3.
Acabo de leer tu horóscopo para el 2.024.
Salud: Los astros te sonríen.
Dinero: Los astros te sonríen.
Sexo: Los astros se cagan de risa...
(Gracias Diana !!!)
4.
-”Yo tengo un amigo que es moreno y le puse 'Movistar'...”
-”¿Y por qué le pusiste 'Movistar'?”
-”Porque no es 'Claro'...”
(Gracias Marcos !!!)
5.
Hay gente que nació para discutir por todo...
Ahora me salen con que el abuelito de Heidi no se llama Dimetú...
Según pasan los
años...
1. A brindar...
Brindo por los años que han pasado, por esos años de juventud en qué jamás pensamos que pasaría...
Brindo por los días cuando caminaba ligerito, sin dolores en la espalda en la rodilla y en las manos.
Brindo por cuando podía hablar de corrido sin tener lagunas mentales.
Brindo por cuando me secaba el pelo y lo peinaba como me daba la gana.
Brindo por cuando oía bien, no como ahora que no oigo ni la mitad; encima lo entiendo todo al revés...
Brindo por cuando podía comer cualquier cosa sin preocuparme del colesterol o la presión...
Brindo por aquellos años cuando mi única preocupación era conquistar.
Brindo por los tiempos en que no vivía pendiente de las gafas para leer.
Brindo por las medicinas y los suplementos alimentarios que tengo que tomar para tener ánimos y fuerzas para levantarme.
Brindo por esos tiempos que a nadie le preocupaba quién fue primero, si el huevo o la gallina...
Brindo por cuando el 'vamos a dormir la siesta' era solo una excusa.
Brindo por aquellos días en qué salía corriendo de casa para ir a la calle sin tener que mirarme al espejo.
Brindo por los tiempos en que podía usar zapatos o botas sin preocuparme por el dolor de pies.
Brindo por aquellos días que no existía el móvil; ahora no podemos pasar sin él.
Brindo por cuando ningún otro programa era mejor que salir a potrear con la cuadrilla.
Brindo por cuando podíamos recordar solos nuestras vivencias, sin la necesidad de la ayuda de los amigos.
Brindo por la edad y brindo por la experiencia.
Brindo por los años que tengo, por los años que he vivido, por las vivencias que he tenido, por las penas y alegrías, por la familia, por los amigos que tengo y mantengo.
Brindo este... no me acuerdo porque brindo...
¡Salud amigos!
Y a no olvidar que la edad es solo un número.
Sigamos disfrutando todo lo que nos queda de este tránsito maravilloso que es vivir...
Y sobre todo, brindo porque recuerdes quién te está mandando este texto...
(Gracias Iche !!!)
2. Aviso importante...
Se nos informa a todos los viejitos que a partir de hoy concluye el proceso de celebración decembrino.
Termina el abuso de comida y bebida, se inicia el control de daños y el mantenimiento correctivo correspondiente.
Recuerden que ya son modelos descontinuados y casi no se fabrican repuestos.
A partir de hoy deben revisar todos los parámetros de funcionamiento como presión y temperatura, también deben revisar fluidos de orina, sobretodo creatinina y en sangre colesterol, glicemia, ácido úrico, bilirrubina, etc.
Es recomendable heces fecales, sobretodo, si amanecieron con los pistones sonando mucho o que la empaquetadura esté pasando aceite.
De acuerdo a los resultados acudir al mecánico personal, por reforma a la salud ya no hay médico especialista, para proceder con los ajustes y reparaciones necesarias.
A pesar de ser modelos descontinuados todavía tienen vida remanente y se puede prolongar por mucho tiempo más.
¡Feliz 2024!
(Gracias Marcos !!!)
Apodos
familiares...
A mi abuela le decían “aceituna sin carozo”, porque es la más fácil de pinchar.
Tengo una tía a la que le decimos “puerta de shopping”, porque vos te arrimas y se abre sola.
Y a otra le dicen “medalla de oro”, porque el primero que llega se la pone.
Después hay una prima mía a la que le decimos “karting”, porque tiene las gomas chiquitas, pero es de ligeraaa...
Y tengo otra que le dicen "mosca de pesca" porque se la come cualquier pescado.
A un primo de mi viejo le decían "el aguja", porque tenía un ojo solo.
Y a una hermana le decían ”pala de punta”, en cualquier lugar la clavan.
A una cuñada le dicen “escoba”, porque siempre la apoyan contra la pared.
Y a otra le decían “bombilla de lata”, porque de una chupada ya se calienta.
Y a mi hermana le dicen “cornalito”, porque sale con medio mundo...
Y a la concuñada le dicen “bandera yanqui”, porque la clavaron hasta en la luna...
(Gracias Rodolfo !!!)
Sutilezas...
1.
Aquella mañana la enfermera Florencina traía un escote sumamente pronunciado que dejaba a la vista su abundoso tetamen, tanto en la parte que en inglés se llama cleavage –la línea entre los dos senos de la mujer– como en los hemisferios mismos.
Florencina le tomó la temperatura a un hombre joven y le informó al doctor:
-”El paciente tiene 39 y medio grados de temperatura.”
Dictaminó el facultativo:
-”Réstele dos a cuenta del escote.”
2.
Algunos hombres cuentan aventuras que nunca tuvieron.
Algunas mujeres tuvieron aventuras que nunca cuentan.
El señor llegó a su casa después de haber estado con una linda chica en el cuarto número 210 del popular Motel Kamawa.
Al descender del coche se vio en el espejo y advirtió asustado que traía en el cuello las evidentes señas de los apasionados chupetones que en el curso del amoroso trance le dio su compañera.
El pequeño hijo del señor andaba en el jardín.
Fue hacia él y le propinó una fuerte nalgada que hizo que el chiquillo prorrumpiera en llanto.
Salió asustada la mamá y le preguntó a su esposo:
-”¿Por qué llora el niño?”
-”Le di una nalgada”, -respondió el señor, -”Lo abracé, y en vez de darme un beso me mordió el cuello. Mira cómo me lo dejó.”
-”Anda”, -dijo la mujer, -”Y no sabes a mí cómo me tiene los muslos...”
3.
-”Tengo algo que confesarles...”, -les dijo Loretela a sus papás.
Preguntó llena de inquietud la madre:
-”¿De qué se trata?”
-”Me apena mucho lo que voy a decirles”, -respondió la muchacha, -”pos estoy embarazada...”
-”¡Cómo es posible!”, -se indignó el papá, -”¿De nada sirvieron nuestros desvelos y nuestros sacrificios? ¿De nada sirvió la formación que recibiste en el hogar? ¿De nada sirvió haberte enviado al colegio de monjas? ¿Todo para que digas ‘pos’ en vez de ‘pues’?”
4.
En el curso de la fiesta que ofreció en su casa lord Feebledick notó que su esposa, lady Loosebloomers, no estaba atendiendo a los invitados.
Fue a buscarla y la encontró en la alcoba en plena refocilación carnal con Sir Heinie Highrump, su más cercano amigo.
Antes de que milord pudiera articular palabra lady Loosebloomers le impuso silencio:
-”Shhh. Está muy borracho. Cree que eres tú...”
5.
Aquel señor le comentó a su esposa:
-”Fui con el médico, y aparte de recetarme unas pastillas me dijo que no puedo fumar, que no puedo beber y que no puedo hacer el amor.”
Preguntó la señora:
-”¿Cómo supo esto último?”
Vaya palo... (Por Silenciodeluna)
No puede ser.
Lo que nunca creí que me pasaría, me acaba de pasar.
Esto pasa por querer pasar por encima de las grandes verdades de la humanidad.
No puede ser cierto.
Estaba yo tranquilamente poniendo en el tostador media baguette abierta por la mitad y había sacado de la nevera el preciado tesoro que gentileza de mercadona, tenemos los amantes de lo dulce.
El dulce de leche de la marca Chimbote.
Total, que me puse a untar ese manjar con su color marroncito sobre el pan medio tostado, cogí un plato llano y luego me lo llevé a mi cuarto.
En el cuarto, frente al ordenador, ocurrió lo imprevisible, lo que cuando lo lees, te ríes y piensas que no te va a tocar a ti, lo que si te lo cuentan piensas que se lo inventan.
Un segundo de despiste con la parte de debajo de la tostada, mi preferida, en la mano.
Un segundo que nunca borraré de mi cabeza por sus nefastas consecuencias.
En el siguiente segundo o como mucho en los dos posteriores, todo lo viví a cámara lenta.
Se me resbala la tostada a la que solo le faltaban dos mordiscos.
Mi dientes dan fe de ellos por su mancha.
Cae sobre la frontera que divide el ¡huy! y el ¡mierda!
Vacila un poco y ocurre lo peor, cae bocabajo sobre las teclas Alt Gr y el espacio.
Un consejo: hay que hacer caso a los libros.
La ley de murphy me lo avisó y no le quise echar cuenta.
Viejo con árbol... (Por Roberto Fontanarrosa)
A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril.
Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable.
Después las otras dos canchas, la chica y la principal.
Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.
Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano.
Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga.
Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia.
Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
-”Ojo con la vía”, -alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
-”No pasan trenes, casi”, -tranquilizaba Norberto.
Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
-”¿No vino la hinchada?”, -ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo, -”¿No vino la barra brava?”
Y se reían.
Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores.
Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
-”La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá”, -bromeó alguno.
-”Por ahí es amigo del referí”, -dijo otro.
Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.
Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor.
Era verano y ese horario para jugar era una locura.
Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido.
Cuando Eduardo entró a la cancha -casi a desgano, aprovechando para desperezarse- cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba.
Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
-”¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro?”, -medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso.
El viejo giró para mirarlo.
Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
-”No”, -sonrió.
Y pareció que la cosa quedaba ahí.
El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado.
-”Música”, -dijo después, mirándolo de nuevo.
-”¿Algún tanguito?”, -probó el Soda.
-”Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.”
El Soda frunció el entrecejo.
Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla.
Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
-”Pero le gusta el fútbol”, -le dijo, -”Por lo que veo.”
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
-”Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte”, -dictaminó después, -”Muy emparentado.”
El Soda lo miró, curioso.
Sabía que seguiría hablando, y esperó.
-”Mire usted nuestro arquero”, -efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra.
-”La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales”, -se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba.
-”Bueno... Eso, eso es la escultura.”
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
-”Vea usted”, -el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner, -”el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.”
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
-”Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...”
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
-”Y escuche usted, escuche usted...”, -lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido, -”...la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...”
El Soda aprobó con la cabeza.
Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
-”Y vea usted a ese delantero...”, -señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado, -”...ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.”
El Soda se tomó la cabeza.
-”¿Qué cobró?”, -balbuceó indignado.
-”¿Cobró penal?”, -abrió los ojos el viejo, incrédulo.
Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha.
-”¿Qué cobrás?”, -gritó después, desaforado, -”¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?”
El Soda lo miró atónito.
Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor.
El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
-”...¿Y eso?”, -se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
-”Y eso...”, -vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra, -”Eso es el fútbol.”
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